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¡Hola! A ti, que, por alguna razón, estás presente en mi vida, o has pasado un breve o largo
período de tiempo en mi compañía y has desaparecido de ella, o no te relacionas conmigo, pero
estás ahí, quiero hacerte partícipe de estas reflexiones:
En estos últimos días, debido a dos importantes acontecimientos familiares y haber asistido a
la entrega del reconocimiento al voluntario solidario anónimo a dos personas muy entrañables,
se han despertado y condensado en mí recuerdos, relaciones, vivencias y sentimientos que
resumo en tres palabras: amor, libertad y trascendencia. Me explico:
En primer lugar está el vínculo que crea el amor con las personas a las que amamos. Es un
vínculo que nace y se construye en la familia, en la que despertamos a la vida en un estado de
dependencia total. Esa dependencia nos construye y ata al mismo tiempo. Es una dependencia
que, con las personas que van entrando en nuestra vida y con las que nos vamos relacionando,
se intensifica con el tiempo o se va transformando en interdependencia, correspondencia o
complementariedad adulta. Algunas de ellas marcharon de entre nosotros por su muerte o por
rupturas más o menos dolorosas; otras han dejando de estar por el simple devenir de los
acontecimientos; otras permanecen y, algunas de ellas, están unidas a nosotros de un modo muy
especial. Recuerdo que una vez, por error en una letra de la dirección de correo, mis archivos
llegaron a una chica de México (María), que los recibió sorprendida y agradecida, pues aquellos
textos y reflexiones le habían hecho mucho bien en la situación emocional muy importante por
la que estaba atravesando.
En segundo lugar, he comprobado que, en cualquier tipo de relación y circunstancia, nuestra
autonomía, nuestra madurez y la libertad de nuestro actos creativos y de cambio van, poco a
poco, iluminando las sombras de nuestra personalidad y de nuestro ser y nos ayudan a desatar
los nudos de nuestra dependencias, facilitándonos, así, unas relaciones basadas cada vez más en
la igualdad, la libertad, el respeto, la comunicación y la ternura y permitiéndonos descubrir,
de un modo cada vez claro y profundo, la verdadera identidad y esencia del amor.
En último lugar, creo que la esencia del amor está en su gratuidad, su intensidad, su
profundidad y la fuerza con la que nos impulsa a trascender los anclajes y sombras de nuestra
forma de ser, de pensar y de actuar; a captar e ir más allá de la personalidad, de las cualidades,
de los defectos y de los comportamientos de los otros y a optar por ellos desde nuestro más
profundo y sincero afecto y ternura, y desde nuestra libertad. Así es como vamos aprendiendo
a entrelazar inteligente y artesanalmente los elementos (desarrollados e inmaduros, claros y
oscuros) que nos constituyen.
Estas tres sensaciones las percibo hoy como un regalo, como un tesoro que llevamos en una
singular, frágil y muy apreciable vasija de barro, diferente para cada uno y, a la vez, igual para
todos, ya que estamos hechos del mismo barro. No importa su grado de belleza o perfección. Es
una vasija íntima y consustancialmente unida a cada uno, que está siempre en un proceso en el
que, con el paso del tiempo, y aún en caso de que física o mentalmente nos deterioremos, nos
vamos puliendo como el oro en el crisol y como el hierro en el yunque del herrero.
Gracias por dejarme compartir contigo estas sensaciones tan íntimas. Victoriano
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